CRONICA: EL SOLITARIO DEL TRIGO

Año 2015: El solitario del trigo

Era verano, y con él habían comenzado a resurgir las grandes extensiones de siembra donde los guarros más descarados y descuidados abandonan el cobijo del monte para campar a sus anchas por los trigos. Cuando pensamos en trigos, a cualquier cazador se nos viene a la cabeza esas largas noches calurosas que traen consigo la oportunidad -y el reto- de dar caza al rey de la noche.

Junio tiñó de dorado el trigo de nuestro coto de Guadalajara. No fue hasta finales de mes cuando comenzamos a descubrir en él las pequeñas mordidas y bolas de los guarros más jóvenes de la zona. Para nosotros, no era sino un grito que calaba todavía más en nuestras ganas de comenzar la temporada. Era hora de ponerse en marcha.

Mi hermano Jesús y yo comenzamos a preparar nuestro apostadero para los días venideros. Empezamos a controlar la zona de querencia de los animales, tratando de hacerla tan nuestra como suya. Et voilà! Aún recuerdo como si fuera ayer la emoción de descubrir el rastro que “nos” había dejado lo que parecía un buen ejemplar. Fue como descubrir las primeras pistas de un juego que no había hecho más que empezar, afloró en nosotros unas ganas inmensas de lidiar aquella misma noche con el macareno.

Por fin llegó el día. Era 11 de julio y subíamos a la finca con la ilusión de dar con él. Pasaban las horas y con ellas aumentaba el cansancio, pero también las ganas de ganarle la batalla a su astucia. Antes de que anocheciera, decidimos dar una vuelta en busca de un corzo que teníamos controlado en un pinar de los alrededores. Pero de nuevo, no tuvimos éxito en nuestra andadura, apenas pudimos ver una hembra y a su joven cría que campaban a sus anchas por un fresco y verde arroyo.

Casi sin darnos cuenta nos alcanzó la noche, envolviéndonos en su inmensa oscuridad. Eran las 22:30, y tras habernos llevado algo de comida al estómago, nos dirigimos sigilosamente al trigal. Allí no esperaban dos crías de jabalí, jugando y disfrutando del manjar que acababan de encontrar. Nosotros contemplábamos aquella enternecedora escena bajo un cielo despejado y un manto de estrellas

«Uno de esos momentos mágicos que de vez en cuando nos regala esta afición…»

Puede que no encontráramos lo que buscábamos, pero sin duda tampoco nos decepcionó. Uno de esos momentos mágicos que de vez en cuando nos regala esta afición y que despiertan en uno la necesidad de compartirlos con alguien especial, o al menos, de retenerlos en la memoria.

Para cuando nos dimos cuenta, llevábamos media hora allí embelesados. Los guarros se marcharon, devolviéndolos al silencio de la noche, aunque no por mucho tiempo. De repente, un sonido nos devolvió a la realidad y nos recordó la razón por la que habíamos salido aquel día al campo: era el crujir de ramas y parecía venir de no muy lejos. No sé si será el instinto que desarrollamos o las ganas que nos invaden, pero un cazador sabe distinguir más que eso y sentí que era él.

En el borde de la tierra surgió un bulto negro. No cabía ninguna duda, era voluminoso y pesado, ¿sería “el nuestro”?

El guarro recorrió toda la linde de la siembra prudente. Nosotros lo buscábamos a él.

En vista de que no encontró razón alguna para desconfiar, se dispuso a comer. No siempre tienes a un guarro de tal porte parado ante ti, comiendo relajadamente, ajeno a nuestra presencia. 

Agarré como pude mi Sako de 7mm, apoyé el peso en mis rodillas, busqué el codillo del animal, y acaricié el gatillo. Seguro y certero, allá fue a parar el disparo; y yo, todavía presa de los nervios, pregunté a mi hermano por el animal.

-“Tranquilo, ya es nuestro. Relájate y vamos a por King –nuestro fiel perro-, que disfrute él también de su momento.”

¡Qué suerte tenerlos a mi lado!

Y así acabó la noche en que cacé el solitario del trigo junto a Jesús y King. Disfrutando de una pequeña y a la vez enorme afición llamada “caza”.

 

…Manu Sánchez…

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