CORZO PELUCA, SUEÑO DEL CAZADOR: CRÓNICA

Hoy quiero revivir con vosotros el lance a un peculiar corzo peluca, el sueño de todo cazador / corcero:

Como todos los años, los meses de febrero y marzo me había dedicado junto a mi hermano a buscar los nuevos residentes de nuestro coto y sus querencias, pasos o zonas de encame. ¡Qué fácil es verlos por esta época y qué escurridizos son en los meses venideros! 

Os pongo en situación: nuestro coto tiene 5 zonas con orografías muy diferenciadas, a cada cual más bonita de cazar.

Vistas de la zona de tupidos jarales

La primera cuenta con encinas y jarales bajos. La segunda está repleta de siembras, zarzas y alguna cárcava que hacen de ella un sitio perfecto para buscar a nuestros amigos los corzos durante los primeros meses cuando la siembra aún está tierna.

También contamos con una zona llena de barrancos con tupidos jarales y multitud de arroyos, ideal para los meses más calurosos donde siempre obtenemos grandes alegrías con los escurridizos guarros. Otra zona cuenta con robledales salpicados de siembras, normalmente girasol, donde la caza a rececho es fantástica cuando llueve y podemos andar entre los robles inspeccionando todos los rincones del bosque. Por último, una zona de pinos que en mi opinión es la más complicada de cazar por lo apretado del monte y las pocas zonas “limpias”.

Volvamos al relato, tras muchos madrugones y tardes de espera prismáticos en mano, vimos gran cantidad de hembras y machos rondando las tierras. Fuimos capaces de encontrar un corzo precioso, pero precioso, de cuerna deforme y totalmente asimétrica rondando una de nuestras piedras de sal. Esa fue la única vez que vimos tan majestuoso y bello animal, no obstante, no nos cansaremos en la búsqueda y seguiremos tras sus pasos y querencias hasta que algún día dé la cara.

¡Por fin llegó el día!

Empezábamos nuestra andadura tras los corzos los primeros días de abril, donde aún el tiempo es frío, húmedo y todas las siembras están verdes en plena fase de crecimiento.

Como todo fin de semana, salía de Madrid rumbo a la finca, situada en un pueblecito de Guadalajara. Contaba con la inmejorable compañía de mi hermano Jesús y mi querido perro King. Durante el trayecto, debatíamos donde situarnos para disfrutar de un lance a algún buen corzo que teníamos localizado.

Decidimos ponernos separados, él se iría a la parte de los robles y yo probaría suerte en una siembra en la que solo conocíamos la aparición de un par de hembras y algún que otro raposo.

Tras la calurosa mañana caía la tarde, desaparecía Lorenzo y las primeras hembras daban la cara en todos los rincones de la siembra. Ni señal alguna de algún macho hambriento de brotes del aún verde trigo. Con los últimos rayos de luz, daba la cara un macho. Tuvo la suerte de aparecer en la otra punta de la siembra y debido a la escasez de luz y lo poco nítido que lo veía en mi visor, decidí con buen criterio no tirar. No era capaz de valorar el animal y no sabía si era grande o pequeño. Hacerle una aproximación me dejaría totalmente a oscuras y disparar sin saber sobre que disparaba era una absoluta insensatez. Como comentaba, sólo veía un bulto en la cabeza, pero no sabía si era el contraste con el monte del que estaba próximo o su cuerna. Eso sí, decidí que la siguiente mañana a primera hora iría a buscarlo con mi hermano para ver el porte del animal y ver si había acertado al dejar el lance pendiente.

Mi hermano ese día no tuvo suerte si nos referimos a apretar el gatillo, pero disfrutó de la presencia de dos tejones correteando entre el monte y un par de intrépidos guarrillos que iban de careo al agua. ¡Eso es el verdadero éxito!

Amanecía temprano, y aun con el rocío en pleno auge nos dirigimos a la siembra del día anterior. Tras media hora de caminata, sin hacer ruido y levantando corzos de menor porte, llegamos a la siembra donde de momento una tímida y perezosa cochina hacía acto de presencia con sus jóvenes rayones. Decidimos esperar hasta que el sol calentara la siembra para que los corzos saliesen. Dicho y hecho, a las 9 dio cara una joven hembra que entraba a la carrera a la siembra. Empezó a comer tranquila sin que nada ni nadie la molestara, eso sí, cada poco miraba hacia el monte como si estuviese esperando a alguien. Et voilà, ahí aparecía por fin nuestro corzo a unos 250 metros de nuestra posición.

Prismáticos en mano y sorpresa, ¡el corzo de ayer era un peluca! Yo muy calmado le dije a mi hermano:

-Venga apóyate bien y sobre todo no le mires la cabeza, espera que nos de la paleta.

Ahora lo tienes perfecto, ¡cuando quieras!

¡Boom! Tiro certero y directo al codillo.

Mi hermano no se lo creía, acababa de abatir un precioso y exótico animal, el sueño de cualquier corcero.

Tras las correspondientes felicitaciones y abrazos, fuimos a ver al corzo. Allí estaba nuestro peluca. Digo nuestro, porque aunque él apretara el gatillo, el lance y la experiencia vivida era de los dos.

Cazar no es solo apretar el gatillo y colgar el trofeo en la pared. Para nosotros la caza se vive desde el principio, con la experiencia, la compañía y los buenos momentos.

Amigos, valoro más el hecho de salir al campo con mi hermano y vivir lances con él, que ser yo quien abata un peluca. Es obvio que hace ilusión, pero la mayor ilusión es ver a mi hermano feliz.

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