CRÓNICA: LA PACIENCIA TRAE SU RECOMPENSA

En esta ocasión, nuestro amigo y compañero de caza César G.G nos relata una vivencia  con un bonito cochino. ¿Cuantos de vosotros habríais aguantado tanto?

De mis notas de caza: Septiembre de 2014

Hacía calor, el tiempo seguía siendo veraniego y no parecía que las tormentas de septiembre estuvieran cercanas.

Me coloqué, como siempre, con tiempo de sobra junto a unas charcas naturales rodeadas de zarzas. Estaban ubicadas en el sopié de una preciosa sierra extremeña con alcornoques, encinas y castaños en las partes más altas. Los pinos se entremezclaban en las zonas bajas, con suaves pendientes de la sierra.

Tenía pocas esperanzas de ver algo interesante dado el pisoteo en el barro. Una piara (que ya era habitual visitante), huellas de corzo y venado eran las pistas que pude encontrar. Así es que si no veía ningún macho, al menos tendría entretenimiento.

Los primeros en hacer su aparición fueron los rayones seguidos de sus madres. Se trataba de una piara de unos diez animales, los miré con atención y vi que no estaban tranquilos. Esta es una situación que he visto antes y que siempre me pone las pilas. Sonreía mientras los miraba, siempre es divertido ver las andanzas de los rayones. Las madres se mostraban más inquietas de lo normal y, nerviosas, miraban con frecuencia siempre en la misma dirección: a mi izquierda, a la sierra.

Yo, soñaba con la idea de que sus temores fueran por un gran cochino al que temían ver aparecer. Usándolos de infantería mientras esperaba que le despejaran el campo para entrar con seguridad.

Pronto abandonaron y todo quedó en silencio. Yo seguía sentado en mi silla de espera, cómodamente recostado sobre el respaldo, con el rifle en las piernas. Ya estaba casi seguro, esa noche tendría un guarro delante de mí y solo tenía que esperar en silencio.

Pasó el tiempo. En ocasiones me relajo y concentro tanto en silencio que creo que entro en un estado de meditación. Desconectando de todo y solo unido al mundo por mi sentido del oído.

Oí su suave sonido tomando vientos, se me cortó la respiración, lo tenía justo a mi espalda. Apreté los labios, si seguía acercándose en esa dirección se toparía conmigo. Tenía el viento a favor, bajaba de la sierra de mi izquierda y esto me ocultaba de su olfato. Casi sin ruido se movió, y ahora lo oí tomar vientos más arriba a mi izquierda. Era un momento de tensión alucinante. Yo seguía en la misma posición sin mover un dedo. Lo oía a solo veinte metros encima de mí. Sin demasiada precaución, se puso a bajar en mi dirección, justo hacia mí.

No me quedaba otra que coger con mucho cuidado el rifle.  Apunté a las jaras que tenía a tres metros a mi izquierda, con intención de sacudirle en cuanto asomara. Pero, el muy cabrito giró a su izquierda un par de metros antes de salir por las jaras. Lo había tenido a solo cinco o seis metros ya dos veces y aún no había podido verlo. Afortunada y sorprendentemente tampoco él a mí. Parecía relajarse en sus precauciones y, con algo más de ruido al moverse, se alejaba de mí. Aún tapado por el monte, iba directo al agua y el barro. Se paró en el borde del monte, tomó una vez más vientos y escuchó durante unos minutos. Yo ya estaba cardiaco, esperando que de un momento a otro entrara en plaza.

Se giró y, una vez más se encaminó en mi dirección. Me encaré el rifle de nuevo, esperando que  apareciera frente a mí. Unos metros antes giró de nuevo y cruzó por delante de mí a no más de seis o siete metros entre las jaras. Éstas recortadas para poder ver por encima de ellas el agua de las charcas. Vi cruzar su lomo plateado a la luz de la luna y me puse aún más malo, pude tirarlo, pero no lo hice. Tras cruzar esta trocha entre las jaras y los pinos, se giró y se encaminó al agua de nuevo. Esta vez tenía que ser la definitiva, ya no le quedaba nada por inspeccionar y yo estaba seguro de que entraría sin más tardanza. Cuando llegó al borde del monte se paró, tomó una vez más vientos, y se movió unos pasos más. Entraría por el fondo, era lo último que le quedaba por investigar; pero todo quedó en silencio, no se movía y no tomaba vientos. Yo tenía la boca abierta para poder respirar y quitarme el ahogo que sufría, el corazón me latía con fuerza y mi vista y oído estaban a tope.

Los minutos pasaron y todo seguía en silencio, fueron quince minutos de esos que no se olvidan. Había visto al cochino pasar delante de mí y ahora se había esfumado. Mi pulso y mi respiración se fueron normalizando pero mi cabeza repetía una y otra vez: ¿qué pasa con el cochino? ¿dónde está? Miré mi reloj, las 00:36, debía llevar quince minutos en silencio y yo me empezaba a intranquilizar ¿qué podía haber asustado al guarro, o qué sé yo?.

A la 1:20 tenía todas las esperanzas perdidas, me lamentaba de no haber disparado cuando cruzó delante de mí. Pero no me quité, permanecí en silencio total y aún con la esperanza de que volviera. A las 2:10 me sorprendió un ruido justo donde dejé de oír al guarro. Su ruido, claro y muy característico al sacudirse tras levantarse o darse un baño.  De golpe lo comprendí todo, el muy puñetero había estado acostado dos horas, dos horas escuchando antes de entrar en plaza.

La espera en total silencio tendría su recompensa. Esta vez sí, el guarro entró sin ninguna precaución. Con la sorpresa y emoción, no era capaz de aguantar la respiración el tiempo necesario para apuntar y disparar con seguridad.  

Finalmente disparé y el cochino se quedó en el sitio pataleando. Sin esperar un segundo, encendí la luz y me encaminé a verlo. Para llegar, tenía que cruzar una pequeña vaguada llena de zarzas. Al iluminarlo, lo primero que vi fueron sus jamones y sus grandes ‘huevos’. Sonreí al ver que se trataba de un gran macho. Me acerqué con cuidado y tras comprobar que ya estaba muerto e inmóvil, miré su boca. Era un gran cochino, un gran navajero. Después me fijé en su cuerpo, muy bonito, grande, cano, de jamones pequeños y gran pecho, una preciosidad. Disfruté un rato más y me encaminé al campamento para contarle a mi hijo el lance.

La mañana siguiente recogimos el guarro y disfrutamos de su belleza. Siempre que mato un animal tan hermoso me invade un doble sentimiento de alegría y de culpa, pero este me lo gané bien ganado.

César.G.G

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