Enseñanzas de un macareno: Errar

Este artículo es más una reflexión que una crónica, comienza con el relato de un lance pero tiene mayor importancia la enseñanza posterior. Os pongo en situación: es jueves y salgo pronto de una reunión en Madrid, decido subir a dormir al pueblo para aprovechar y cazar los guarros en la finca por la tarde. Llamo a Dani García y se presta a acompañarme como siempre.

El macareno que menciono en las líneas anteriores. Segovia, 2016.

Salimos de San Rafael a eso de las siete, el calor aprieta, pues es pleno verano. Tengo entre ceja y ceja colocarme al borde de una siembra de trigo que el año pasado –siendo girasol- me regaló un macareno de esos que no se olvidan en la vida. Algún día os contaré esa historia.

Llegamos a la finca sobre las 19:30. Calor pegajoso y el aire no viene norte como marcaba mi app del tiempo, sino sur. ¡Qué raro! Nos planteamos dónde ponernos, pero ninguna opción me llama y finalmente decidimos coger el coche y mudarnos a un coto cercano que tengo arrendado.

Dani me comenta que jamás me ha visto tirar. Siempre que ha venido conmigo durante el último año hemos visto caza, pero como él dice: “soy muy exquisito y solo tiro aparatos”. Hablamos de los fallos a la hora de tirar, de los apoyos, la respiración, etc. Comento que aunque parezca mentira, llevo años sin fallar un guarro de espera, que generalmente son tiros cercanos y con tiempo para sosegarse –No pongáis el grito en el cielo y me crucifiquéis, en montería fallo lances como todos. Seguid leyendo, a todo cerdo le llega su San Martín-.

15 minutos después estamos abriendo la cadena que cierra la portera de la entrada, Dani se baja como siempre:

-¡Joder, siempre me toca abrir a mí!
-¡Yo conduzco! (Me río)

Son las 20:30 y debemos tomar una decisión sobre dónde colocarnos. El aire no viene bien para casi ninguna postura, estamos en las mismas. Finalmente decidimos colocarnos en un estrecho ramal de monte que comunica la zona más espesa de la finca con las siembras. Permite a los guarros atravesar la interminable dehesa sin dar casi la cara, de película.

Desde el puesto de aquel día.

Llevamos media hora sentados junto a una encina, esperando al paso, como a mí me gusta. En esta zona siempre me ha dado mejor resultado este tipo de caza cuando se trata de grandes solitarios, en los cebaderos generalmente solo dan la cara durante el celo.

Dos luces, mosquitos por todas partes, el viento pegándonos en el moflete derecho y el estrecho de monte justo delante de nosotros. Oigo un ruido, toco el hombro de Dani para ponerlo en prevenga  y me levanto lentamente. Entre las chaparras aparece la silueta de una vaca, otra vez que nos mosquea una %&$%&$% vaca.

Pasan 10 minutos, Dani,que está de pie junto a mí, me indica con un gesto que ha oído un ruido, mira a su derecha y fija la vista en el borde de la dehesa. De repente un bulto entre las chaparras me deja helado, siento esa sensación indescriptible que todo esperista que me esté leyendo está sintiendo ahora mismo en sus propias carnes.

-«No te muevas que es bueno», susurro.

Sale al claro y se para.

Me apoyo de lado en la encina que nos oculta parcialmente y lo meto en la cruz, está de pico. Es grande de cuerpo, orejas bien abiertas hacia delante, caja imponente y cuartos traseros escurridos. Levanta el hocico para coger el aire y permanece inmóvil a 30 metros de distancia unos 3 minutos.

«Es grande de cuerpo, orejas bien abiertas hacia delante, caja imponente y cuartos traseros escurridos. Levanta el hocico para coger el aire…»

Mis ojos se cansan, saco la cara del visor. Dani mira de reojo esperando a que tire, pero sabe que no lo haré hasta que no me de la tabla.

Otro minuto, arranca su trote cochinero por nuestra derecha y  ajeno a nuestra presencia dibuja un arco imaginario. Lo llevo en la cruz, valoro sus trazas y busco su boca. Veo perfectamente la pelambrera que cubre su miembro viril pero no veo que tenga boca.

Saco la cara del visor y valoro a simple vista: macho y mucho cuerpo. Me decido a tirarlo, boca debe tener y la poca luz de ambiente me está traicionando. Meto aumentos y veo que efectivamente brillan sus “velas”, no es un guarrazo pero sí un navajero interesante. Él sigue ajeno a nuestra presencia y con su trote cochinero se coloca justo a nuestra altura, nos separan unos 40 metros.

Apunto, corro un poco la mano, espero a contener la respiración y aprieto el gatillo…

Fuente: Framepool

Se encoje, cerrojeo y escucho a Dani afirmar que va pegado. Pero yo, he visto polvareda detrás de él y estoy seguro de que el tiro ha pasado alto rozando su cuello. Corre siguiendo el mismo arco que llevaba, su intención es pasarnos por detrás y volver al monte por nuestra izquierda. Lo meto en la cruz, va demasiado rápido y está muy cerca para tirarlo con esos aumentos, solo veo pelo, no puedo asegurar. Quito aumentos a toda velocidad y esta vez sí, lo meto en la cruz y lo sigo, esperando el momento idóneo.

Se pone de culo y corre sin girarse. Solo veo sus testículos y sus voluptuosos jamones alejarse dentro del visor. No tiro, me ha ganado la mano y me niego a tirarlo de forma tan traicionera pudiendo hacerlo sufrir. Llamadme purista si queréis…

Miro a Dani y se me saltan las lágrimas de rabia, sé que se ha marchado sin un rasguño. Él busca la sangre y no hay ni rastro. Ha corrido entero fácilmente 300 metros sin dar signos de debilidad.

No es el primero ni el último que se irá de rositas. A veces fallamos, y fallar no es malo, simplemente nos enseña a no volver a cometer los mismos errores. Porque fallar forma parte de la caza y del ser humano, si no falláramos nos faltaría algo. Esa noche no dormí bien, no hacía más que comerme la cabeza preguntándome qué había hecho mal.

Ahora, pasado el cabreo, me pregunto dónde estará aquel resabiado solitario que me regaló un precioso lance, una enseñanza y un recuerdo para toda la vida. Como digo siempre, no todo es matar, la caza es mucho más. De eso se trata este pulso con la naturaleza, a veces se gana y otras se pierde. Deben tener oportunidad de escapar, por eso me encanta cazar  “Los guarros de la libertad”.

Termino con una frase que intento aplicar cada vez que salgo al campo:

“Si abates la mitad de lo que tiras serás bueno, pero si solo tiras aquello que sabes que seguro abatirás…serás el mejor”

 

Gracias por leerme… G.Bravo

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