CRÓNICA: EL MIRÓN

En esta ocasión os voy a contar mi última andanza con un guarro que ya me conocía.

Como muchos sabréis, este año en Castilla-La Mancha, debido a la superpoblación de animales que tenemos y a la cantidad de accidentes y daños que esto provoca, se ha abierto un nuevo período de caza comprendido entre junio y agosto. Y cómo no, iba a aprovecharlo subiendo a mi coto para hacerme con un guarro que llevaba rondando en mi cabeza desde mayo.

Lo conocí por suerte, cuando un día lo levanté de su encame mientras recechaba corzos, y desde ese momento ocupó un lugar prioritario en mi cabeza. Se trataba de un buen ejemplar, y como tal, tenía que ganármelo. Por lo que comencé a organizar los preparativos que me harían merecedor de tan codiciado desenlace.

Desde junio empecé a preparar bañas de barro y comederos de maíz, manzanas y alfalfa (todo un manjar para mi viejo residente manchego). Puse también cámaras para controlar sus movimientos y costumbres, tratando de encontrar el patrón que hiciera que alguna noche se cruzara con mi atenta mirada.

Semana tras semana me acercaba a visitar la cámara con la ilusión de haberlo capturado (aunque de momento se tratara sólo de una instantánea). Cochinas acompañadas de las nuevas generaciones, un par de raposos y un guarrete de mediana edad que ya iba apuntando maneras protagonizaban las fotografías, pero ni rastro de mi anfitrión.

Los primeros indicios llegaron a mediados de julio. El calor apretaba y el agua prácticamente había desaparecido en todos los pequeños riachuelos que bañan el coto. Pero allí estaba,inmortalizada en mi cámara de fotos, la primera colmillada en un árbol que había usado como rascadero . ¡Podéis imaginar mi alegría! Primera pista que dejaba desde hacía mes y medio, significaba que había logrado acercarlo a mi futuro apostadero.

Pero no había sido fácil hasta aquí, y tampoco iba a empezar a serlo ahora. Se trataba de una visita a las 4.30h de la mañana. Pero su insistencia por hacerse de rogar no rozaba ni de lejos mi constancia y mis ganas por darle caza. Lo acostumbré a entrar al lugar que tanto tiempo llevaba preparando para él, y dejándolo tranquilo, conseguí que se dejara caer por allí cada vez más temprano. Tanto, que a primeros de agosto ya entraba sobre las 22.30h. ¡Era hora de ir al puesto!

Llegó el día de ocupar el puesto, esa mañana se me ocurrió ir a cebar y allí lo encontré. Después de tanto tiempo escondiéndose de mí, parecía que había decidido darme una tregua. Eran las 12 de la mañana y lo tenía delante de mis narices dándose un relajante baño en el barro. Aquel fue nuestro primer cara a cara, aunque breve, pues desapareció tranquilamente perdiéndose en un robledal, no sin antes memorizar mi olor (más adelante descubriréis porqué).

Para situaros en contexto de lo que viene ahora, os cuento que mi apostadero estaba situado en lo alto de un árbol con un treestand que me recomendó Bowland Archery. Un rotundo acierto, muy cómodo y fácil de usar.

Llegó la noche y allí estaba yo, esperando a que entrara él. Y él, perdido en algún lugar del campo mientras todos los demás guarros de la zona pasaban a visitarme. Así de caprichosa es la caza.

Decidí dejarlo tranquilo unos días antes de volver a ponerme, y el tiempo me reconoció que hice bien en dejar calmar mis ansias. Cuando volví a por él no faltó a la cita. Antes de entrar a comer al rincón que le tenía preparado, se paró en el borde del monte, desde donde yo podía ver una parte de su cabeza, suficiente para darme cuenta de que me estaba mirando. Sabía de mi presencia allí, había reconocido mi olor, y por lo tanto que debía marcharse. Y eso hizo. Al día siguiente volvió a entrar, pero yo no estaba allí para verlo, puede que esa fuese precisamente la razón. Iría unas diez veces, y siempre que coincidíamos hacía lo mismo: me miraba, bufaba y se iba.

No podíamos seguir así, por lo que decidí cambiar el comedero y el treestand 150 metros dentro del monte. De nuevo coloqué la cámara y al día siguiente allí lo tenía.  Entraba acompañado de una piara para comer. Ahora sí que sí, era el momento.

El Mirón minutos antes de tirarlo.

Era 20 de agosto y mi hermano me había dejado en el apostadero a eso de las 20h. Durante las dos primeras horas no se oía ni un ruido en el monte, hasta que por fin a mi derecha empecé a oír las primeras hojas moverse y ramas que se partían en dos. Pero no, no era mi invitado especial, por lo que volví a la tranquilidad de la noche, hasta que una hora después, sobre las 23h, de nuevo localicé un ruido frente a mí que se aproximaba al comedero. ¿Creéis que era él? Preguntádselo a la hembra que disfrutó aquella noche del manjar que yo había preparado para un conocido suyo. La pobre no pudo degustarlo mucho tiempo, pues una estampida se acercó desde mi derecha hacia el comedero.

La cochina dejó de comer, y se metió en el arroyo. Estaba claro que era él, y la actitud de la hembra me lo acababa de confirmar. A escasos 30 metros de comedero, ella pegó un chillido y puso pies en polvorosa.

Mientras, él se quedó detrás de un árbol escuchando durante los próximos 10 minutos. Comprobó que todo estaba en orden, y decidió entrar a comer las manzanas y el poco maíz que sus compañeros le habían dejado. No podía dejar de observarlo, puede que me quedara quieto simplemente disfrutando de su presencia ante mis ojos más de 10 minutos. Me había ganado la partida tantas veces con su astucia, que necesitaba tiempo para asimilar que por primera vez en mucho, ésta no iba a ser otra victoria más por su parte.

María junto a El Mirón

Era el momento de realizar el lance con el que tanto había soñado. Y así fue como el sueño se convirtió en un gran estruendo que calló todo el monte por unos instantes, y éste a su vez en una pieza imponente de la que me había hecho merecedor.

Así concluyó un nuevo episodio en el campo y, como casi todos, me invita a reflexionar:

«Si los cazadores fuésemos carniceros o asesinos y sólo nos gustase matar por matar, hubiera abatido a todos los animales que encontré aquella noche, pero llevaba meses con un objetivo en mente, y sólo uno, por el que trabajé durante meses para ganarme dignamente el premio que más tarde me cobré, el que verdaderamente había que cazar.»

Y, por cierto, “a rey muerto, rey puesto”, dos horas después entró un ejemplar aún más grande, así que… espero compartir pronto con vosotros un nuevo final para esta historia.

¡Espero que os guste! Seguro que más de uno de vosotros habréis tenido algún lance parecido al mío.

Estamos en contacto.

Manu Sánchez

Horas después de abatir El Mirón, entró este cochino, aún más grande, al cebadero.

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