El Duende Del Pinar

Año 2016

Llevaba dos años viendo corzas en una zona apartada de uno de mis cotos. No albergaba densidad pero sí calidad, debido en parte a la buena gestión de los últimos años. De machos solo encontraba rascaderos por toda la linde, sabía que al menos uno mandaba en la zona, pero nunca había logrado verlo. 

De vez en cuando acudía con la esperanza de localizar alguno y volvía con el mismo pensamiento: ¿dónde estará metido?

El año pasado durante el celo, pleno agosto y un calor de justicia, decido acercarme sin rifle –obviamente- e intentar localizarlo. Me asomo por una esquina al oasis de frescura que representa la serpenteante tierra de riego que separa un pinar resinero de los zarzales del otro lado de la linde. El aire fresco proveniente de la tierra me pega en la cara y decido mejorar mi posición para dominar más terreno.

Son las nueve y media de la tarde, las corzas salen a carear del zarzal. Miran constantemente hacia el lugar dónde dieron la cara. Pasa media hora, cada vez hay menos luz, empiezo a plantearme volver al coche. Ellas siguen insistentes y no dejan de mirar al zarzal…

Y como buen duende del bosque, en el momento en que mis prismáticos estaban a punto de ser inútiles, se deja ver. Es grande de cuerpo, lleva la cabeza hacia atrás y mira a su alrededor con cada paso que da. Intuyo por la sombra que resalta encima de su cabeza que se trata de un macho considerable: largo y grueso. Me quito sin hacer ruido y vuelvo al coche con una sonrisa. No todo es matar, hoy he ganado la partida y por fin he logrado verlo.

Me niego a visitarlo más, está tranquilo y allí seguirá si Dios quiere cuando abran la temporada de nuevo. Pero todos imagináis el desenlace de esta historia, acudo una y otra vez a la tierra y no consigo verlo. Temo que algún furtivo haya topado con él durante el parón.

Y así, comienza el otoño y con él acaba la temporada.

Febrero de 2017

Llega el fin de la temporada general, último fin de semana. Mi permiso para esperas nocturnas de jabalí acaba ese mismo sábado y yo me encuentro cazando cerca de Cedillo de la Torre, a una tirada considerable de mis cotos. Irene (quien inexplicablemente aguanta mi obsesión) me acompaña como es habitual y cuando nos recoge el postor, sabe perfectamente sin que diga nada que no vamos a parar ni a comer.

Puesto de aquel día en Cedillo de la Torre.

Llegamos a la finca raspados de tiempo y decido ponerme en una postura que, curiosamente, está cerca de la tierra dónde vi al esquivo duende la última vez. Cuando llegamos, saco la mano por la ventanilla y una suave y traicionera brisa me indica que el aire ha cambiado en los cinco minutos que hemos tardado en llegar. No tenemos tiempo para ir a otra postura pues cae la noche y opto por ponerme en la esquina de la tierra del duende, allí hay un paso y una baña que suelen tomar los cochinos.

A dos luces veo una silueta que sale a la tierra. Es él. Apoyo el rifle sobre el trípode y giro el visor a 12 aumentos. Allí está, sus cuernas cubiertas por un imponente manto de terciopelo, mirando a su alrededor con la misma desconfianza del verano pasado. Disfrutamos de su presencia hasta que cae la noche y finalizada la espera volvemos al coche. Irene a la vuelta me mira y sonríe, lo sabe todo y no dice nada.

«Allí está, sus cuernas están cubiertas por un imponente manto de terciopelo, mira a su alrededor con la misma desconfianza del verano pasado…»

La mañana siguiente suena mi teléfono, es mi padre. Ha recibido una llamada del guarda de la finca colindante. Pregunta que si hemos disparado por la zona baja. Algo me dice que el duende ha caído a manos de algún furtivo, que a diferencia de mí, no supo respetar.

Abril de 2017

Es viernes 31 de marzo, mañana abren la temporada y yo he salido disparado de mi trabajo en Ciudad Real para llegar a Segovia lo antes posible. Estos días son peligrosos, hay mucho caradura patrullando las lindes para “apiolar” los corzos despistados y el guarda del coto recibe con las manos abiertas mi ayuda.

Por curiosidad decido ir a la tierra prismáticos en mano, llevo un mes preguntándome si el corzo seguirá allí. Me acompaña Dani García, un lince viendo corzos.

Nos acercamos sigilosamente entre los pinos hacia la esquina, parando en cada sombra y oteando las lindes. De repente un crujido llama nuestra atención, es una corza que permanece inmóvil mirándonos fijamente. Nos quedamos petrificados y al minuto emprende camino hacia la tierra seguida por otra corza y un joven macho con borra. Pasa la tarde y el duende no da la cara, pero ha dejado pistas, la linde está llena de rascaderos.

San Rafael, sábado 1, las 6 de la mañana y no puedo dormir. Llevo toda la noche dando vueltas como un cinco de enero esperando la visita de los Reyes Magos. Me ducho, bajo a tomar café al Bar Jara como de costumbre y subo al coche de camino a la finca acompañado una vez más por Dani.

La jugada es la misma y sigo obsesionado con volver a verlo. El aire viene cambiado y entramos desde el otro lado. Pero haciendo las cosas bien volvemos a encontrarnos con las corzas (video). Sigo sin verlo, empiezo a plantearme desistir.

Día 2, mismo procedimiento del día anterior, esta vez solo. Entro por la esquina habitual. Desganado, me siento bajo un árbol que domina toda la tierra. A los dos minutos veo que al otro lado del lindero de zarzas brilla algo blanco. Un macho, el sol ilumina de lleno sus cuernas e inmediatamente lo meto en la cruz, ¡es él, es él!

150 metros nos separan aproximadamente, pero no puedo tirar. Se encuentra al otro lado de la linde, metido en la finca colindante. Me encuentro a unos 100 metros de la linde, escondido tras un pino al borde de la tierra. Supongo que con las recientes pelonas que están cayendo por las noches se encama en el pinar y decido esperar a que mueva ficha.

La linde dibuja una línea paralela al pinar. Comienza a andar siguiendo la valla de espinos. Cuando baja la cabeza para comer, recupero los metros que me gana. Así recorremos unos 250 metros en 40 minutos, los más largos de mi vida. El sol aprieta y en un momento dado veo que emprende camino directamente hacia mi: pasa el zarzal, atraviesa una gatera y sale a la tierra. ¡Viene buscando el pinar!

150 metros, 100, 70, 50 y se para. Sigo inmóvil tras el árbol, sacando únicamente la parte de la cara que me permite tenerlo controlado. Levanto el rifle lentamente y lo meto en la cruz. Está a tiro pero los nervios me están traicionando. Ha llegado el momento ansiado y mi respiración y pulso podrían traicionarme. Bajo el rifle y me intento serenar, respiro hondo, me auto-convenzo de asegurar el tiro y me vuelvo a encarar.

Viene de pecho, no puedo tirar. La distancia que nos separa no es mayor de 20 metros y me veo obligado a bajar los aumentos como si de una montería se tratase. Hace un pequeño arco y casi entrando al pinar, cuando lleva el característico trote, chisto.

Se para, me mira y culmino el lance.

Alguien que no cace no podrá entender jamás el cruce de emociones que se experimenta al finalizar un lance. Nos invade una alegría incontrolable y a su vez sentimos pena por esos animales que valoramos y respetamos más que a nada en el mundo. Nadie ajeno al mundillo entiende como puedo cazar a los animales que considero mis favoritos. Solo yo entiendo ese instinto que vive dentro de mí y que no solo me impulsa a cazarlos, sino a cuidarlos durante todo el año como si de una parte de mí se tratase.

El duende del pinar, un corzo que jamás olvidaré.

Gracias por leerme… G.Bravo. 

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