LA CAZA: MUCHO MÁS QUE APRETAR EL GATILLO

La historia y reflexión de hoy marcó un antes y un después en mi forma de ver la caza. Es posiblemente mi artículo más personal, pero quiero compartirlo con vosotros.

Todos estamos de acuerdo con que no todo es disparar, sino los pequeños detalles que engloban este arte que es la caza. Es mucho más que dar muerte a una pieza. Son los preparativos, las horas de campo, la simbiosis con la naturaleza, el respeto por los animales, la preocupación por la conservación del medioambiente y un sin fin de etcéteras. Y es cierto, pero en todos habita esa sensación de lograr ganar la partida a ese noble animal que hace que el corazón se nos salga del pecho, que nos persigue en nuestros sueños y que hace que sintamos eso que solo un cazador entiende y no sabe describir.

Pues bien, desde que empecé en la caza, siempre fui yo quien apretaba el gatillo. Mi padre siempre dejó que tirara, siempre dijo –y sigue diciendo- que era mucho más feliz que si lo hiciera él mismo. Durante estos años he visto como el egoísmo muchas veces se apropiaba de padres que finalmente no lograron enganchar a sus hijos a la caza, o de amigos y hermanos que intentaban por todos los medios ser ellos quienes apretaran el gatillo. He de reconocer, que siempre he preferido ser yo quien realizara el lance, me alegraba enormemente cuando acompañaba a algún amigo y lográbamos cobrar un ejemplar, pero en el fondo sentía que me habría encantado ser yo quien apretara el gatillo.

Casualidades de la vida, esta historia que me dispongo a narraros, cambió mi chip mental.

Dani García, uno de los protagonistas de la historia.

Os pongo en situación: Dani García, hermano de mi novia Irene, siempre ha sido un fiel compañero de faenas. Me acompaña al campo sin esperar nada a cambio, solo busca disfrutar de la caza. Jamás mostró interés por tirar y verdaderamente disfruta estando a mi lado y compartiendo momentos cinegéticos. En definitiva, es de esas personas que entiende y valora la caza. No penséis que esto tiene que ver con ser hermano de quien es, nuestra amistad viene de mucho antes.

Desde que Irene cobró su primer cochino hace unos meses, es ella quien lleva el rifle cuando salimos a recechar o de espera. Salimos juntos al campo mínimo un día a la semana y ambos tenemos claro que será ella quien apriete el gatillo si se da el caso. Debo reconocer que muchas veces he pensado:

¿Y si sale el guarro de mi vida y lo tira ella?

Durante este tiempo he tenido cierto miedo a mi reacción. Sabía que me alegraría por ella, pero siempre he pensado que –quizá- por dentro me sentiría un poco raro al regalar un animal por el cual paso frio, sueño, horas interminables, kilómetros de coche y un sin fin de penurias todos los años.

Pues bien, la semana pasada me disponía a salir con Dani hacia uno de mis cotos de Segovia. Queríamos aprovechar el último fin de semana de los corzos e intentar dar con un gran macho que llevaba esquivándonos desde abril. En el último momento Irene se quedó sin planes y decidió venir con nosotros.

Nos colocamos en una verde pradera cortada por los meandros de un río casi seco. Al otro lado del río un tupido zarzal y a nuestra espalda un monte de encinas. Era la única zona fresca y los corzos adultos tienden a hacerse fuertes en ella. Nada más colocarnos nos sorprendió un zorro, decidí hacer el reclamo con la boca para mostrar a Irene como vendría a nosotros. Capté su atención y empezó a correr hacia nosotros. Cuando estaba a 50 metros sentimos un crujir a nuestra espalda, a escasos 15 metros nos encontramos con que otro raposo acudía a la llamada. Estampa perfecta, ya estábamos listos para rebuscar las lindes de la pradera en busca del corzo.

Pero el aire nos traicionó. Como un mensajero con las peores noticias, pasó de susurrar en mi oído derecho a hacerlo en el izquierdo. Dejándonos a los tres vendidos y con cara de situación.

Aún quedaba una hora para que cayera por completo la oscuridad. Decidí emprender rumbo a la esquina de un campo de girasoles que días antes mostraba señales de la entrada de los escurridizos guarros. Gracias a dios teníamos permiso para su caza y a falta de corzos, podríamos hacer guardia a los suidos.

El aire pegaba de lleno a la salida más querenciosa del monte, y por tanto, decidimos colocarnos en una esquina no tan tomada.

¿Quién tira?– Pregunté antes de colocar el trípode.

-Dani- dijo Irene.

Sonreí.

Daños al girasol.

En ese momento hice memoria, sabía que dos grandes machos rondaban la zona. El primero era el cojo, un navajero bonito que había grabado alguna vez en las cámaras. El segundo era un recién llegado, seguramente atraído por el girasol. El día anterior mi padre había visto su mano en el borde de una de las charcas y sin duda era un gran macareno. Irene y yo habíamos ido a ver su rastro y sé que ambos habíamos fantaseado en el interior de nuestras cabezas con darle caza y ponerle cara.

Con Dani e Irene tras el lance.

No llevábamos más de 10 minutos puestos cuando vi una sombra por el borde del monte, hice la señal a mis compañeros y los tres nos quedamos petrificados. Aún había luz y vimos perfectamente como un gran bulto asomó de entre las jaras a unos 20 metros de nuestra posición. Nada más asomar, Dani dijo susurrando:

-¡Tiene boca! ¡Tiene boca!

Los tres pudimos ver –sin prismáticos- como la negra mole portaba orgulloso unas largas navajas que habían sido afiladas durante años por unas amoladeras que curvaban su ancho hocico.

"La negra mole portaba orgulloso unas largas navajas"

Irene estaba sentada en la silla y tenía el rifle en sus manos.

¡Tira!– Dije entre balbuceos al ver semejante maravilla de la naturaleza.

Pero ella, arriesgándose a perder el cochino y frente a mi atónita mirada, entregó lentamente el rifle a su hermano e hizo un gesto dando a entender que quería que fuera suyo.

El cochino percibió nuestra presencia, pegó un rabotazo y volvió al borde del monte del que ya se había separado unos 20 metros. Su error fue quedarse parado mirándonos entre dos jaras.

Permanecimos un minuto inmóviles, Dani con el macareno en la cruz y éste mirándonos fijamente, de pico. Comenzó a hacer aspavientos con la cabeza y a resoplar, supe que en cualquier momento se giraría y huiría.

Giró la cabeza y dio un paso adelante, lo justo para mostrar su oreja y parte de la pata delantera.

¡Ahora! ¡Tira!

Pegó una arrancada y sentí como revolcaba al estrellarse contra el fuerte monte que tenía a su espalda.

Cogí el rifle y pedí a los dos que se quedaran atrás hasta que lo cobrara, no sería el primer susto que un cochino nos pega a dos luces. Recorrí los 40 metros que nos separaban nervioso, sabía que era un verraco. Al llegar al tiro solo tuve que seguir la sangre, quedaban los últimos rayos de sol y ayudado por la linterna enfoque el rastro hasta verlo entre las jaras.

Era un guarrazo como he cobrado pocos en la vida (podría contarlos con los dedos de las manos) y no sentí rabia, celos o malestar. Me alegré más que si lo hubiera matado yo. Pues tras muchos años detrás de los cochinos, Dani había logrado cobrar su primer gran macareno.

¡Dani, la que has liado tio!

-¿Si? ¿Que pasa?

-¡Acabas de cobrar un guarro que se mete en bronce!

Dani llegó corriendo, yo lo esperaba alumbrando la boca y con la encía bajada para que su primera impresión fuera inolvidable. Nunca olvidaré su cara y el abrazo que me dio, he de reconocer que la oscuridad me ayudó a ocultar las lágrimas que saltaron de mis ojos.

Irene empezó a balbucear y a soltar palabras ininteligibles, ella sentía esa sensación que yo tenía miedo a sentir si uno de ellos cobraba un animal como el que teníamos delante. Pero es normal, aún tiene ese ansia por cazar que la convertirá en una gran cazadora.

Finalmente obtuvo 98,5 puntos CIC.

No eres consciente del regalo que acabas de hacer a tu hermano. Es el mejor que ha recibido en su vida, acaba de lograr lo que ha soñado desde que era niño.

Pasados cinco minutos algo cambió en su cara, comprendió el verdadero sentido de la caza, como había hecho yo al llegar al animal. No importaba quien había apretado el gatillo, ese guarro era de los tres y el lance siempre quedaría en nuestras memorias.

La caza tiene algo especial, algo que une para siempre a aquellos que la practican juntos. Sé que ese guarro nos unió a los tres y siempre que lo recuerde brotará en mi una sonrisa.

Los cazadores sabréis lo que intento expresar cuando os digo que me agaché, puse mi mano sobre su lomo y agradecí el momento que nos había regalado. Ahora sé, que me da igual quien apriete el gatillo la próxima vez. Pues si es alguien cercano, me alegraré como si fuera mío.

Gracias por leerme como siempre. Nos vemos en el monte.

Gonzalo Bravo

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